Hola, mis amores. Si este artículo les hace ruido, es porque hay algo muy profundo que trabajar en su interior.
¿Alguna vez se han detenido a pensar si las decisiones que toman día con día son realmente suyas? ¿Eliges tu carrera por pasión o por miedo a defraudar? ¿Te casaste por convicción o por cumplir con el ritual que tu familia esperaba? La cruda realidad es que la gran mayoría de los seres humanos viven como marionetas articuladas por hilos invisibles. A este fenómeno, cargado de memorias heredadas, falsas creencias y mandatos familiares, lo llamamos el Inconsciente Colectivo. Venimos a esta tercera dimensión a experimentar y evolucionar, pero es imposible expandir nuestra conciencia si seguimos operando como borregos de un linaje que no hemos sanado.
El Proyecto Sentido: La Carga Invisible desde la Concepción
Nuestra historia no comienza el día en que nacemos. Desde el instante de la concepción, e incluso antes, ya cargamos con el “proyecto sentido” de nuestros ancestros. Esta influencia energética, aunque no es tangible, determina gran parte de nuestro desarrollo.
Pensemos en el padre que añora un hijo varón para cumplir su sueño frustrado de ser futbolista. Si nace una niña, es común que el inconsciente del padre lo lleve a vestirla con gorras, camisas rudas y obligarla a practicar deportes de contacto. Esa niña no está viviendo su propia experiencia; está sosteniendo el deseo insatisfecho de su progenitor. Cuando crecemos bajo la imposición de ser los salvadores de las frustraciones de nuestros padres, anulamos nuestro poder de decisión.
La Crianza desde el Trauma y la Represión del Adolescente
Desafortunadamente, la educación y la crianza tradicionales no se ejercen desde la sabiduría del adulto, sino desde las heridas del niño o la niña que los propios padres llevan dentro. Si a ti te inyectaron el miedo a la calle en tu infancia, transmutarás ese mismo miedo en tus hijos, convirtiéndote en su verdugo y limitando su capacidad asertiva.
Esta represión se vuelve crítica durante la adolescencia. En lugar de guiar a los jóvenes con amor en sus procesos de cambio hormonal y corporal, el inconsciente colectivo los juzga y los margina. Si un chico quiere probar la leche con vainilla porque la conoció en otra casa, o si desea imitar la vestimenta de su ídolo musical, la respuesta del hogar suele ser el grito y la censura: “¡Usted se toma lo que hay y se viste como la gente decente!”.
Satanizamos la búsqueda de identidad. Cuando obligamos a un joven a callar o lo reprimimos con la mirada —como hacía mi propia madre conmigo a los 12 años—, le enseñamos que expresar sus gustos es algo malo. Por eso, al llegar a la adultez y preguntarles qué quieren, responden con un triste: “Lo que tú digas, a donde tú quieras”. Han perdido su voluntad.
La Lección de las Nuevas Generaciones: Romper el Molde sin Juicios
Frecuentemente escucho a adultos criticar a las nuevas generaciones, llamándolas “de cristal”, “ninis” o rebeldes. Pero yo lo veo en la terapia y lo observo con mi propio hijo: estos jóvenes están reescribiendo la historia. Vienen a hacer una coma en el linaje familiar.
A diferencia de nosotros, a quienes nos manipularon e impusieron falsas costumbres a base de exigencias y golpes, los jóvenes de hoy entienden que más allá de la materia, somos energía. Ellos ya no buscan el valor del ser humano en lo que tiene, en cuánto dinero gana o en qué universidad estudió. Se integran en manadas basadas en la aceptación mutua, donde no cabe el bullying por el color de piel o el peso físico. Están rompiendo patrones estipulados: construyen relaciones de pareja con dinámicas de equipo y confianza increíbles, viajan, meditan y asisten a retiros espirituales. ¡Qué maravilla! A mí me habría encantado tener esa información a su edad. Nos enseñan que a este mundo no venimos a acumular propiedades, porque al partir, la materia se queda; solo nos llevamos la riqueza de la experiencia.
Las Etapas de la Vida y la Deshumanización del Adulto Mayor
El inconsciente colectivo nos dicta una agenda rígida: a los 18 debes salir de casa, a los 25 tener una profesión rentable, luego casarte (de blanco, para cumplir con la religión familiar) y tener hijos por presión social, sin planificar ni medir la enorme responsabilidad. Yo misma fui madre a los 20 años y recuerdo el miedo y la inseguridad tan terribles que sentía por no saber qué depositar en ese ser humano.
Pero la programación no termina ahí; el inconsciente colectivo también destruye al adulto mayor. Bajo los antiguos esquemas, a los 50 años una persona ya era catalogada como obsoleta. Al hombre se le vende la idea de que su único valor es ser proveedor, y en cuanto se jubila, se le despoja de su autoridad. Es sumamente doloroso ver cómo los hijos, a quienes ese ser humano les entregó su juventud y sus bienes, terminan tratándolo como a una marioneta sin voz, decidiendo incluso lo que debe comer o tomar en un hospital. Vivimos la primera etapa de la vida siendo dirigidos, y corremos el riesgo de morir de la misma manera.
Conclusión: Pon una Coma en tu Historia
Mis amores, mi ser espiritual me ha enseñado que la adolescencia realmente termina a los 30 años y la verdadera madurez se adquiere a los 60. Es ahí cuando estamos verdaderamente listos para elegir nuestro destino. Por lo tanto, nunca es tarde para reinventarse. Yo misma, decidí vivir experiencias que no pude tener en mi juventud debido a las carencias de mis padres.
Los invito a mirar hacia adentro y preguntarse: ¿Qué quiero yo para mi vida? Dejen de accionar por los demás y permitan que sus hijos se equivoquen y aprendan de sus propias muletas. Inyectemos energía de amor, no de juicio. Rompamos con las falsas costumbres del pasado y sumemos con libertad a la conciencia universal, porque recuerden siempre: la voz del alma siempre conoce el camino.